Después de «Todas las manifestaciones del agua», me encontré, en cada conversación con curadores y coleccionistas, hablando de mi atracción por lo salvaje y de mi impulso de exploración, especialmente hacia la tundra ártica, y de su influencia en mi pensamiento y en mi obra.
Para un artista caribeño, hijo de padre cubano y madre dominicana, esta atracción no encaja del todo en las narrativas más conocidas del arte caribeño actual. En cambio, ha introducido una tensión productiva en mi práctica, que se despliega en dos relaciones que se entrecruzan: civilización y naturaleza, Caribe y Ártico. Frente a esto, comencé a explorar los motivos y las ramificaciones de las múltiples identidades que conforman el Caribe, así como las diversas expectativas que el mundo del arte proyecta sobre esas identidades.
Como isleño, me descubro siempre mirando hacia el mundo. El mundo, me parece, está más allá del horizonte, y lo que me ocupa no es la historia del Caribe sino el futuro del mundo natural, que, por supuesto, nos incluye.
Esta línea de pensamiento también me hizo comprender que el mundo siempre nos está mirando de vuelta. La República Dominicana, como destino turístico y economía dependiente del turismo, opera dentro de expectativas que le exigen empaquetar lo salvaje, eliminar los peligros de la verdadera experiencia salvaje y reducir el mundo natural a un producto de consumo. Esta puede ser otra forma de colonización: la simulación de la naturaleza para satisfacer el ocio, el lujo y el estatus. La libertad necesita romper con esta contención: la tierra no conoce fronteras. El agua no conoce nacionalidad. La naturaleza no conoce política.
También he estado pensando en la modernidad y en los desafíos ecológicos que plantea. Ser moderno se presenta como un requisito, algo inevitable, pero en realidad es una noción vacía. Ser «moderno» evita las preguntas morales y éticas, y se rinde ante un sistema económico fuera de control.
Las pinturas recientes exploran un apocalipsis moderno: bello, publicitado y rentable. Confrontan lo salvaje caribeño con lo salvaje ártico: el primero, de donde soy; el segundo, donde quisiera vivir, lo más lejos posible de la civilización moderna, aun cuando el calentamiento global trastorna sus ecosistemas. Son paisajes del fin del mundo. Su tensión está en ser bellos y trágicos a la vez. La belleza es esencial para la existencia humana, pero puede distorsionarse y usarse para distraernos, para embellecer el fin del mundo natural.
Mi práctica sigue centrada en la simulación de la naturaleza como subproducto de la civilización contemporánea, pero ahora mi identidad nacional está en conflicto directo con mi alma ártica. Los grandes espacios, la soledad, el silencio se han convertido en un refugio frente a un mundo que ya no comprendo.
Soy consciente de la contradicción en mi pensamiento. Estas pinturas también son bellas, también son publicitadas y, espero, también rentables. No podemos abandonar el sistema actual aunque queramos. No trabajo desde fuera de él. Trabajo desde dentro, como bacteria en las entrañas de la bestia. Esa complicidad es parte de la obra.
Para mí, pintar es a la vez una forma de protesta, de refugio y de exploración. No espero que mis pinturas resuelvan ningún problema, pero sí que lo señalen, y que me salven de la velocidad, la inmediatez y la eficiencia del mundo contemporáneo.

The pervasive power of the places we've never seen

Las Galeras

En el principio, todas las tierras eran extrañas

Tropicalized

Another kind of island

The night feels strange when you are alone

Arctic vacation #2

Last resort

The tours must go on

Irreversible fictions

What we've been promised

Maybe I don't even know my own country

A veces sueño que me pierdo

Superposición

Once beginnings are truly free

The strange longing for foreign lands

Fighting our own endemism