Todas las manifestaciones del Agua

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«Ya no se trata de imitación, ni de duplicación, ni siquiera de parodia. Se trata de sustituir los signos de lo real por lo real mismo.» Jean Baudrillard, Simulacra and Simulation

Nunca somos los de antes; ya lo dijo Heráclito. Nuestra relación contemporánea con la naturaleza ya no es directa, sino que está interrumpida por un sistema de producción que consume todo lo que encuentra a su paso. Ya no habitamos en ella, sino que la gestionamos. No somos los amos de la tecnología; somos su combustible. Hemos ido retirándonos de nuestro origen, gradualmente perdiendo la capacidad de comprender el mundo natural como aquello sagrado que nos contiene, para asumirlo como un escenario que se diseña y se somete a criterios de orden; una despensa a nuestra disposición. Esta transformación no es solo ecológica o urbanística; es, ante todo, fenomenológica, pues condiciona la manera en que experimentamos y pensamos el mundo: el “ser” y el “estar”.

Gran parte de mi trabajo pictórico parte de una intuición espiritual: algo esencial en este “ser” y este “estar” se pierde cuando la naturaleza deja de ser una experiencia vivida y se convierte en un sistema controlado.

En “El agua y los sueños”, Gaston Bachelard propone entender el agua no como un objeto, sino como materia psíquica. Dentro de su clasificación del agua, el agua quieta es contenida y silenciosa: no organiza el tiempo en secuencias, sino que lo pone todo en pausa. Para Bachelard, el agua quieta es el medio ideal para la reverie: aquello que define como un estado de atención lenta e interior, no productiva, donde la imaginación no opera por conceptos, sino por imágenes profundas, en total libertad. La reverie no como un estado de evasión del mundo o del deber, sino como una forma de compenetración con el espacio y de fusión momentánea entre el “ser” y el “estar”.

Partiendo de la misma lógica bachelardiana, algo similar sucede con la tierra cuando deja de ser territorio explotable y se vive como suelo, como origen, como lugar de pertenencia. No la patria, sino la tierra. La única tierra; una sola cosa que se extiende a través de la experiencia humana. En ese sentido, no es propiedad ni recurso, sino superficie sensible: la piel de dios.

Con la fotografía he tratado de encontrar y capturar visiones capaces de producir ese profundo estado de plenitud y contemplación, de atención y de conexión. Mis expediciones han servido para reinterpretar mi lugar en el mundo y habitar, de manera primitiva, aunque sea brevemente, los espacios naturales. Con la pintura me ocupo de explorar las condiciones, los dispositivos y las consecuencias de esa experiencia y de su interrupción. Mi pintura es la naturaleza imaginada y habitada con imágenes de los sueños y los miedos.

Cuando pienso en piscinas, jardines, fuentes monumentales, urbanizaciones, resorts o paisajes recreativos, los pienso como interrupciones de la reverie. Como simulaciones de la naturaleza desconectadas de la naturaleza misma y carentes de su espíritu. El diseño de la simulación es un dispositivo de control. Así, la naturaleza ya no emerge a su antojo; se diseña. La naturaleza ya no se habita: ya no estamos dentro de ella como una célula del cuerpo, sino que nos extraemos para disponer de ella y exhibirla como algo externo. La convertimos en imagen, estatus, ornamento y artefacto. Desde la civilización, la naturaleza necesita ser reemplazada y sometida a servirnos. A esto lo llamamos urbanización. Lo salvaje queda marginado a los lugares donde todavía no hemos llegado.

Byung-Chul Han describe una cultura obsesionada con la transparencia, el rendimiento y la positividad, donde todo debe ser evidenciable, funcional y optimizable; la moralización de la eficiencia. En ese contexto, la contemplación no juega ningún rol ni tiene valor alguno. El silencio, la lentitud y la ambigüedad, condiciones necesarias para la reverie,  son vistas como improductivas, incluso sospechosas e inmorales. Así, la naturaleza queda sometida al sistema económico. Jardines perfectamente controlados, agua coreografiada, “naturaleza indoors” o paisajes urbanos insertados para simular lo original. Todo está diseñado para ser exhibido, no para ser habitado ni vivido.

Aunque me considero ecologista, estas obras y este proceso de creación pictórica no son activismo ecológico. Me interesa un estado más ambiguo, cuasi ontológico, ubicado justamente en la línea entre lo salvaje, lo gestionado y las transiciones entre ambos; su lectura moral, espiritual y lo que esto significa para el “ser” y el “estar”.

Para mí, pintar es también una forma de resistencia frente a la lógica de control. No una resistencia épica, sino fenomenológica. La pintura no produce, no optimiza, no acelera y se resiste a lecturas cuantificables. La pintura suspende la prisa y permite que la mirada permanezca. El acto de pintar es, en ese sentido, de carácter arqueológico, pues a través de la acción física pretende encontrar verdades sobre la condición humana. La pintura es poiesis.

Estas obras son una respuesta visceral a cuestiones filosóficas, pero el pensamiento filosófico tampoco ofrece una respuesta definitiva, aunque sí una advertencia. Cada vez que la intervención humana reclama un valor universal, corre el riesgo de volverse indistinguible de la dominación, y la dominación es la des-asociación del origen. Desde la promesa humanista de la razón hasta la obsesión moderna por la optimización, la creencia de que intervenir es siempre positivo —o absolutamente positivo— ha relegado la naturaleza a recurso o imagen de consumo.

Desde el pensamiento fenomenológico y poético propongo otro criterio: la intervención solo puede justificarse cuando es reversible, no interrumpe el potencial de la reverie ni anula la capacidad del mundo de aparecer en sus propios términos. Más allá de ese umbral, la intervención ya no mejora la vida: solo alimenta el sistema.

Somos de la tierra, pero no somos la tierra.
Somos la suma de todas las manifestaciones del agua.